Emprender desde el corazón

En un país como España dónde de forma casi total y absoluta su tejido empresarial está constituido por PYMEs, con un devastador 99,88% frente a un exiguo 0,12% de la gran empresa, da a pensar si con el advenimiento del emprendimiento se va a poder resolver fehacientemente el acuciante problema de la falta de creación de empleo.

Basta recordar que la economía española se desmembró de su tejido productivo debido a la globalización en la segunda mitad del siglo XX. Creció posteriormente de forma ilusoria con la burbuja inmobiliaria justo al final de ese siglo más los siete primeros años del actual, donde en el año 2008 arrancara la más devastadora crisis económica y social de su época moderna si prescindimos de la etapa de la postguerra.

A día de hoy, en un país que no es capaz todavía de crear empleo real, se alienta el emprendimiento. Instituciones públicas y privadas se han volcado en estos últimos años en animar a generaciones actuales y futuras a que el porvenir está en sus propias manos.

Pero a pesar de estos propósitos de buena voluntad las cifras no acompañan a la acción de emprendimiento en España. Según el Global Entrepreneurship Monitor (GEM) 2013, el observatorio más importante sobre emprendimiento a nivel mundial, más del 91% de las personas que emprenden en nuestro país no superan los tres primeros años de actividad. Sobre los motivos cabe destacar la aportación realizada por el estudio El Observatorio del Clima Emprendedor 2013 realizado por la Fundación Iniciador y SAGE, donde señala entre las principales causas una falta efectiva de financiación, una excesiva carga fiscal del actual régimen impositivo y que la nueva ley creada para favorecer este tipo de actividades no es determinante. A estas deficiencias, habría que añadir las implícitas a cada caso particular por quien emprende, como puedan ser la carencia de formación, una inapropiada gestión así como una estrategia de negocio inadecuada entre las más generalizadas.

Aún así queda contemplar y aprender de nuestro pasado más reciente, donde en los siglos XVIII y XIX el progreso del mundo civilizado se trazaría gracias a la determinación de la figura del emprendedor en plena revolución industrial. Y de modo más global, en la propia historia de la humanidad, donde los grandes logros, tanto individuales y colectivos, han sido orientados desde el interior más profundo del ser humano.

Un antiguo proverbio japonés, «nanakorobi yaoki», indica que el éxito se consigue al caerse siete veces y levantarse ocho.

¿Qué medios debe de disponer un emprendedor para llegar a conseguir su cometido? Se sobreentiende que para este arduo viaje en sus alforjas deberá contar con un buen plan de negocio, recursos económicos así como ciertas dosis de intelecto y osadía. Pero en un momento dado las circunstancias con los planes siempre se desvían, el dinero se agota, las ideas no afloran… y entonces uno termina quedándose completamente solo. Es precisamente en ese momento cuando un emprendedor precisa de la fortaleza y la determinación que emana de su propio corazón.

De todas las decisiones que definen la vida de cada persona, las más coherentes con su ser son aquellas que provienen del alma, aquellas que en definitiva son capaces de romper las barreras a lo imposible y hacen que el mundo se vuelva más pequeño y asequible. La fortaleza del corazón junto con la instrumentación de la razón crean entonces un binomio único e irreemplazable.

La vida nos ha enseñado que la verdadera fuerza es la que cobija el corazón. Es el nexo recíproco que nos une al mundo, a los sentimientos, a nuestros semejantes, y en última instancia, a aceptarnos también a nosotros mismos tal y como somos. Esta dicha es necesaria para la vida así como también para los negocios.

Y si no lo es, debería de serlo.

Si vas a emprender, que sea también desde la fortaleza de tu corazón.

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